Por.: Elías Rodríguez Rodríguez. 13-12-2011
Con este título lanzó don Arístides Hernández Morán, el pasado día 12 una extraordinaria conferencia en el salón de actos de la Biblioteca Insular con motivo de las jornadas que la Academia de Ciencias e Ingenierías ha organizado en homenaje y recuerdo al doctor lanzaroteño D. José Molina Arosa y del cual hizo una detallada semblanza el Profesor y Dr. Francisco González de Posada, académico de Número de la Real Academia Nacional de Medicina. Lástima que la asistencia fuera exigua y las autoridades brillaran por su ausencia.
Conferencia que arrancó con la obligación desinteresada que todo profesional de la medicina, junto con las administraciones y demás sectores de la sociedad deben trabajar para mejorar las condiciones físicas y psíquicas de estos pacientes de la tercera edad, que dedicaron lo mejor de su existencia a luchar para que las generaciones presentes y futuras mejoren sus condiciones de vida. Argumenta y razona D. Arístides que “hoy sexagenario no es un viejo, sino una persona que está envejeciendo; el periodo que va de los 60 a los 70 años ha sido definida como la primavera de la vejez. El envejecimiento del organismo humano no es análogo al envejecimiento de una máquina. Ésta se va deteriorando a medida que trabaja, en cambio la vida humana se estimula, precisamente a través de la actividad física e intelectual”. Los viejos, continúa el conferenciante “pueden aportar a las generaciones que les siguen una sabiduría depurada por los años y un desinterés que no suelen tener los que están metidos de lleno en la lucha por la existencia, por el dinero y el poder”.
Debemos respetar precisamente a los más ancianos: sus familias le deben su propia existencia, la educación, el sustento, que frecuentemente ha costeado con duro trabajo y mucho sacrificio. No se les puede ni debe tratar como si fuesen inútiles. Los viejos tienen, tenemos, el privilegio de poder decir la verdad sin tener miedo al ridículo. Pero difícilmente pueden hacer oír su voz. Necesitan quienes lo hagan por ellos. Hay que concienciar a toda la sociedad para a que los ancianos necesitados no les falte lo que precisan: una justicia social que reconozca sus legítimos derechos y un amor efectivo que no quede en pura palabrería. Es necesario destruir los mitos que desvaloran la época de la vejez. Hay que insistir y luchar para mentalizar a la sociedad, para que los viejos y sus problemas, que hoy día sigue siendo muchos, tengan el lugar preferente que les corresponda en las soluciones colectivas de nuestra sociedad. Sólo a partir de una atención comunitaria, efectiva, será realidad el reconocimiento hacia quienes con su trabajo prepararon e hicieron posible el mundo en que vivimos.
El conferenciante en la recta final nos dice que “las necesidades de los ancianos están claras: unas son de orden médico (pluripatología, problemas de asistencia crónica), otras de orden social (adaptación al medio en que viven, soporte comunitario), es decir una interrelación entre necesidades médicas y necesidades sociales en la enfermedad”. En la actualidad es frecuente el abandono de los viejos enfermos, el de su mala asistencia, que se ven obligados a sufrir en silencio, o esas altas en Hospitales Generales, porque están ocupando una plaza, que debería ser ocupada por un joven”.
Don Arístides concluye apuntando los tres elementos en que deben pivotear la solución a este gran problema de la vejez: el que los Hospitales tengan camas y asistencia especializada para los enfermos crónicos. Residencias, en que se compruebe que el residente esté a gusto, manteniendo su independencia personal, dotadas de personal cualificado. Estas residencias no deben ser consideradas como un centro de marginación social, deberían ser centros destinados al alojamiento y atención temporal o permanente que acuden voluntariamente, por necesidad, donde se garanticen cuidados y necesidades básicas. Y, Ayuda a Domicilio, utilizando para ello todos los recursos sociales y sanitarios coordinados, que eviten la institucionalización y el consiguiente desarraigo de estas personas en su medio habitual.
Para finalizar y digan lo que digan, este problema de la tercera edad no está resuelto. Nuestras autoridades locales, insulares, autonómicas y estatales están obligadas a dar una solución al problema. Y, nosotros, la ciudadanía majorera desde Fuerteventura luchar y reivindicar un Hospital Geriátrico. El edificio lo tenemos, antiguo Hospital. Quién lo ponga en marcha también, D. Arístides. Sólo falta voluntad, imaginación y empuje por parte de la clase política y las autoridades competentes. Gracias de nuevo D. Arístide.
Gracias de nuevo a D. Arístides por sacar a la luz y apuntar soluciones a tan grave problema.
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